sábado, 7 de abril de 2012

Sabor dulce


                                                          Sabor dulce


     La tormenta volcaba ríos de agua sobre los techos de las casas, las frutas maduras caían sobre la tierra mojada, se ponía cada vez más oscuro el cielo, cientos de hojas movidas por el viento danzaban al compás de los miedos del poblado; ese día entre el ruido de los truenos y la fugacidad de los rayos nació ella.
      Cuando salió del aeropuerto, pisó el nuevo suelo con firmeza y determinación, tenía que diseñar un chalet de veraneo para unos clientes, era la primera vez que viajaba fuera de su país. Al mes de su estadía solo quedaban por pulir algunos detalles y dejar los planos con el maestro de obras; se tomaría unas semanas más para disfrutar del lugar.
      Todas las noches era invitada a alguna fiesta, conocía gente de múltiples gremios que encontraba cualquier excusa para socializar, durante la primavera ya se buscaba el sol que se dejaba caer de vez en cuando, pero el verano presagiaba el delirio total.
      Una tarde llegó hasta la hacienda de un torero, el grupo con el que estaba era seguidor del mundo taurino, dentro del salón sintió cierto desagrado al ver la cabeza de toro en la pared y el cuadro donde el diestro daba la estocada final a un animal desangrado y arrodillado; se sentó en una esquina deseando que el tiempo se le fuera rápido.
      Desde el otro ángulo el torero la observaba, la profundidad de sus ojos violaba sus pensamientos, sigiloso y adelantando pasos para acorralarla se acercó a ella.
      Entre aplausos entró un grupo de cantaores, la música gitana inundó la estancia, todos salieron a bailar, algunos noveles en el arte mal imitaban los pasos, pero otros descargaban toda la agonía de la pasión  en sus movimientos.
      El la tomó en sus brazos y se movió a su alrededor, su baile casi violento la enjaulaba en un círculo retador, se movía con delirio, poseído de una fuerza tan brutal como etérea.          
     Con pocas palabras la llevó a recorrer el lugar, fueron a caballo, cruzaron el prado hasta llegar al río, allí caminaron por su vereda, el cielo se puso rojizo, pintando destellos de luz sobre el agua.
      La mano de él acarició su cabello, primero con suavidad y luego enredándolo entre sus dedos, haciendo presión la atrajo, la tenía de espaldas, le buscó la nuca y ligeramente sopló su aliento húmedo en el largo cuello, con la otra mano alcanzó su escote y la llenó con el suave pecho, soltó el cabello y después de explorar todo su cuerpo la besó urgido y excitado, le quitó la ropa y entró en ella, su corazón palpitaba sin control, estaba a punto de alcanzar el clímax cuando las manos de él se cerraron en su garganta, asfixiándola… el orgasmo fue tan profundo que casi perdió el sentido, pero él quería más y siguió moviéndose hasta hacerla gemir de placer y dolor…
      Por primera vez fue a ver una corrida, la plaza estaba llena esperando la muerte, evocaba el coliseo cuando se exaltaba a la entrada de los gladiadores; el torero tenía un duelo con el toro, ambos danzaban en la arena, el capote ondeaba burlando la envestida del animal mientras el hombre le entregaba la vida y finalmente uno de ellos caía muriendo como guerrero y el otro cubría su victoria con el pundonor de la sangre.
      La ermita por afuera era de paredes lisas y blancas, podía pasar por una casa para guardar aparejos del campo, una vez que uno entraba la opulencia barroca tomaba al desconocedor por sorpresa, el altar estaba dedicado a la virgen negra y coronado con una imitación a escala del baldaquino de San Pedro, la estatua de madera tenía los hombros cubiertos con un capote; el torero de rodillas le rezaba con fervor, ella lo acompañaba en la arena y lo traía de vuelta al hogar.
      Descubría cada noche una parte de ella que no conocía, no quería solo sexo, deseaba experimentar miedo, dolor y enfrentarse al ego escondido, no era y nunca fue lo que parecía, cuando estaba con él abría ventanas vetadas, en la cama compartía placeres con otras mujeres, era golpeada, llevada al umbral de la muerte y por contradicción era la que tenía el control, todo giraba según su deseo, sabía que podía levantarse e irse, dejando en un abismo de pasión a su amante.
      La Costa Marfitana era el lugar elegido por ella para definir su vida, atrás quedaba su país de origen y el ruedo español; en una terraza de Amalfi con un grupo de lugareños charlaba y tomaba un café, se había casado y como cualquier dama que se preciara de tal se aburría soberanamente del esposo complaciente; antes de llegar a su casa caminó por las calles saludando aquí y allá.
      Dos años antes, se levantó una mañana sin ninguna motivación, había agotado sus sensaciones, explotado sus recursos, solo le quedaba por explorar ser común, tal vez el mayor de los retos, ante un mapamundi se tapó los ojos y señaló una ciudad, hoy vivía en ella, fue tan sencillo como irse, no se despidió de nadie y no vio hacia atrás.
      De lo simple construyó un futuro, con su sonrisa fácil y su actitud pasiva, conquistaba las morales mas estrechas. Solo sus ojos brillaban de forma especial, sobre todo cuando recordaba y en sus labios quedaba el sabor dulce de ser quien era y saberse dueña de su destino que aún estaba por comenzar.

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