Sabor dulce
La tormenta volcaba ríos de agua sobre los
techos de las casas, las frutas maduras caían sobre la tierra mojada, se ponía
cada vez más oscuro el cielo, cientos de hojas movidas por el viento danzaban
al compás de los miedos del poblado; ese día entre el ruido de los truenos y la
fugacidad de los rayos nació ella.
Cuando salió del aeropuerto, pisó el
nuevo suelo con firmeza y determinación, tenía que diseñar un chalet de veraneo
para unos clientes, era la primera vez que viajaba fuera de su país. Al mes de
su estadía solo quedaban por pulir algunos detalles y dejar los planos con el
maestro de obras; se tomaría unas semanas más para disfrutar del lugar.
Todas las noches era invitada a alguna
fiesta, conocía gente de múltiples gremios que encontraba cualquier excusa para
socializar, durante la primavera ya se buscaba el sol que se dejaba caer de vez
en cuando, pero el verano presagiaba el delirio total.
Una tarde llegó hasta la hacienda de un
torero, el grupo con el que estaba era seguidor del mundo taurino, dentro del
salón sintió cierto desagrado al ver la cabeza de toro en la pared y el cuadro
donde el diestro daba la estocada final a un animal desangrado y arrodillado;
se sentó en una esquina deseando que el tiempo se le fuera rápido.
Desde el otro ángulo el torero la
observaba, la profundidad de sus ojos violaba sus pensamientos, sigiloso y adelantando
pasos para acorralarla se acercó a ella.
Entre aplausos entró un grupo de
cantaores, la música gitana inundó la estancia, todos salieron a bailar,
algunos noveles en el arte mal imitaban los pasos, pero otros descargaban toda
la agonía de la pasión en sus
movimientos.
El la tomó en sus brazos y se movió a su
alrededor, su baile casi violento la enjaulaba en un círculo retador, se movía
con delirio, poseído de una fuerza tan brutal como etérea.
Con
pocas palabras la llevó a recorrer el lugar, fueron a caballo, cruzaron el prado
hasta llegar al río, allí caminaron por su vereda, el cielo se puso rojizo,
pintando destellos de luz sobre el agua.
La mano de él acarició su cabello,
primero con suavidad y luego enredándolo entre sus dedos, haciendo presión la
atrajo, la tenía de espaldas, le buscó la nuca y ligeramente sopló su aliento
húmedo en el largo cuello, con la otra mano alcanzó su escote y la llenó con el
suave pecho, soltó el cabello y después de explorar todo su cuerpo la besó
urgido y excitado, le quitó la ropa y entró en ella, su corazón palpitaba sin
control, estaba a punto de alcanzar el clímax cuando las manos de él se cerraron
en su garganta, asfixiándola… el orgasmo fue tan profundo que casi perdió el
sentido, pero él quería más y siguió moviéndose hasta hacerla gemir de placer y
dolor…
Por primera vez fue a ver una corrida, la
plaza estaba llena esperando la muerte, evocaba el coliseo cuando se exaltaba a
la entrada de los gladiadores; el torero tenía un duelo con el toro, ambos
danzaban en la arena, el capote ondeaba burlando la envestida del animal mientras
el hombre le entregaba la vida y finalmente uno de ellos caía muriendo como
guerrero y el otro cubría su victoria con el pundonor de la sangre.
La ermita por afuera era de paredes lisas
y blancas, podía pasar por una casa para guardar aparejos del campo, una vez
que uno entraba la opulencia barroca tomaba al desconocedor por sorpresa, el
altar estaba dedicado a la virgen negra y coronado con una imitación a escala
del baldaquino de San Pedro, la estatua de madera tenía los hombros cubiertos con
un capote; el torero de rodillas le rezaba con fervor, ella lo acompañaba en la
arena y lo traía de vuelta al hogar.
Descubría cada noche una parte de ella
que no conocía, no quería solo sexo, deseaba experimentar miedo, dolor y
enfrentarse al ego escondido, no era y nunca fue lo que parecía, cuando estaba
con él abría ventanas vetadas, en la cama compartía placeres con otras mujeres,
era golpeada, llevada al umbral de la muerte y por contradicción era la que
tenía el control, todo giraba según su deseo, sabía que podía levantarse e irse,
dejando en un abismo de pasión a su amante.
La Costa Marfitana era el lugar elegido
por ella para definir su vida, atrás quedaba su país de origen y el ruedo
español; en una terraza de Amalfi con un grupo de lugareños charlaba y tomaba
un café, se había casado y como cualquier dama que se preciara de tal se
aburría soberanamente del esposo complaciente; antes de llegar a su casa caminó
por las calles saludando aquí y allá.
Dos años antes, se levantó una mañana sin
ninguna motivación, había agotado sus sensaciones, explotado sus recursos, solo
le quedaba por explorar ser común, tal vez el mayor de los retos, ante un
mapamundi se tapó los ojos y señaló una ciudad, hoy vivía en ella, fue tan
sencillo como irse, no se despidió de nadie y no vio hacia atrás.
De lo simple construyó un futuro, con su
sonrisa fácil y su actitud pasiva, conquistaba las morales mas estrechas. Solo
sus ojos brillaban de forma especial, sobre todo cuando recordaba y en sus
labios quedaba el sabor dulce de ser quien era y saberse dueña de su destino
que aún estaba por comenzar.

Me gusta mucho el dibujo y me entusiasma el final del texto.
ResponderEliminarSeñal de buen augurio?
siempre entre dos mundos
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