Te recuerdo
El espacio vacío esperaba por ella, de tan profusa de historia que estaba la
casa su lugar sería en el aire, quemando el tiempo mientras sus dedos rozarían
en cada objeto un cuento.
La anciana la observó, sus ojos claros eran tan fríos que no permitían ver su
color, mas que una bienvenida, le dio una lista de lo prohibido. La adolescente
podía mimetizarse con el ambiente pero en vez de eso su mirada oscura la retó,
sacudió su cabellera de negro oleaje y los rizos tejieron un escudo que la
protegería hasta el final.
Los muebles se estremecieron, en cada estante dormía un antepasado esperando a
ser descubierto pero para eso se necesitaba de ambas. Una burbuja de cristal
las retuvo y el tiempo dejó de existir, los días se salteaban al azar quedando
atrapados en los polos opuestos de la abuela y la nieta.
Mientras una giraba sobre si misma, la otra con el ganchillo entramaba la
estancia poniendo trampas por doquier.
La anciana empezó el juego;
-Necesito que limpies el polvo, ya no puedo hacerlo yo.
-Um, bueno…
-Ese libro que estás limpiando era el misal de mi abuelo, él era marinero y
perdió una pierna en un temporal tratando de llegar a puerto, siendo niña me
enseñó a nadar, le gustaba mucho el anís y cuando se lo servía me daba una
cucharadita sin que mi mamá se enterara, me contaba historias del mar y me leía
la Biblia, desapareció en una noche de tormenta, el barco se perdió entre las
estrellas.
- Si nació en el siglo IXX: ¿quién lo enseñó a leer?.
-El peso mas analfabeta de los pueblos lo arrastran los gobiernos, los
pobladores siempre encuentran formas para enseñar y aprender, recuerda que las
iglesias necesitaban que los feligreses pudieran leer los misales, ¿O a quién
se los iban a vender?
-No se abuela, siempre encontrarían una forma de quitar el dinero sin dar nada
a cambio, recuerda que yo no creo en tus premisas, no intentes venderme la
religión, no tengo interés de comprarla.
-Bien, pero eso no cambia que mi abuelo sabía leer y escribir.
El azar desempolvó un grupo de viejos álbumes de postales, mientras la nieta
leía cada misiva, la abuela la vestía con canciones y recuerdos, en el medio de
las imágenes acartonadas, la primera guerra mundial hizo acto de presencia
redefiniendo el destino de los protagonistas, primero habían recorrido toda
Europa con su acto de vodevil pero cuando la sangre espesó el vino, navegaron
por América y África, llevando esos distintos mundos al olvidado puerto
gallego.
La joven empezó a arrastrar los pies, las cadenas eran cada vez mas pesadas,
las puertas se volvieron ventanas que la regresaban al mismo lugar, tenía que
esperar a que la anciana se quedara dormida para encontrar la salida en aquel
laberinto, no quería escuchar, quería vivir.
En uno de esos espacios sin tiempo encontró un rayo de luz, lo cabalgó y llegó
al sol, en medio de su fuego se vio distinta, una caricia sensual la hizo mujer,
al caer la noche nuevamente quedó atrapada en la burbuja de cristal, pero el
tiempo despertó y comenzó el conteo hacia atrás.
En tres años sus ancestros le hablaron, dejaron semillas dentro de su rebeldía
pero no la domaron, sabían que no pertenecía a ese lugar, su viaje por la
vida la colocaría distante en el espacio, otro país era su destino, ni siquiera
la ausencia del tiempo podía frenar el final.
La abuela y la nieta se miraron, las dos, fuertes como columnas, sabiendo que
era un adiós, apenas se despidieron, no hacía falta, la anciana viviría a
través de la joven y la joven ya libre caminaría con la protección de la
anciana.
Después de haber escuchado tantas historias sobre tu abuela y su marca en ti, me parece una síntesis necesaria, liberadora y amorosa. Un homenaje sólido, reflexivo e impostergable. Pienso en la sonrisa de esos ojos fríos. Al final lo logró.
ResponderEliminarOpino igual
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