sábado, 29 de septiembre de 2012

El escritor





      Al caminar por las calles de Berlín navegaba entre dos aguas, de lo emblemático pasaba al modernismo forzado, su población obediente, su techo represivo, su tono monocromático, hacía que el aire arremolinara en las esquinas los recuerdos del pasado.
      En la isla de los museos estaba su destino, iba a investigar todo lo posible sobre la ciudad de Amarna, estaba escribiendo una novela y su protagonista, un escultor, después de haber vivido bajo el monoteísmo de Akenatón, debía cambiar de religión y emplazamiento para seguir a su nuevo Faraón Tutankamón.
      Había leído sobre la etapa realista de Egipto en el período de Amarna y las fotografías lo habían interesado, se disponía a observar las obras para empaparse del ambiente y recrear a su personaje.
      Se tardó casi una hora tomando notas, cada una de las piezas expuestas dejaba entrever una historia, la última sala era donde se exhibía el busto de Nefertiti, entró en la habitación semioscura y quedó a merced de la dama; recorría con sus ojos el perfil que tantas veces había tocado en libros, el artista mas que una Reina, lo que había hecho era una Diosa imponente, de belleza fingida, ladrona del espíritu de su musa. En sus labios se dibujaba un gesto cual Mona Lisa en un intento por sonreír sensual y burlona a los que al verla serían sus esclavos, con la punta de la lengua humedeció su boca dibujando un beso dirigido a la escultura, el cuello de ella señalaba el camino a una travesía de caricias y perdición; pensaba que el autor había dejado el busto en su taller no para tenerlo de modelo, si no para amar a Nefertiti en el frío y el fuego de la piedra y el yeso.
      Cuando escribía usaba el poder de las palabras para arrastrar a los lectores a experimentar aventuras y sensaciones, trataba de cambiar los prejuicios que tenían, arrancando el velo de acero que cubría a la sociedad, los temas que elegía rescataban la historia y exponía la complejidad humana ante la toma de decisiones.
      Sin embargo, él, no era un ejemplo a seguir, flirteaba con el narcisismo y a pesar de apoyar el movimiento de los derechos de las mujeres, en el fondo las subestimaba. Según su criterio el mundo estaba diseñado por hombres, tanto los deportes como los extractos de poder eran una respuesta a la necesidad de reconocimiento y dominio del sexo masculino, aunque la mujer triunfase, no se le permitía cambiar los lineamientos a los que se veía sometida, suponía que si fueran hombres su lucha no sería por igualarse si no por imponerse.
      Mas tarde, lejos del casco central, caminaba hacia su hotel, pensaba en su libro y el deseo de incluir la imagen de Nefertiti en la trama, mientras cavilaba la forma de hacerlo, entró en el ascensor, al marcar su piso reparó en la sofisticada y hermosa mujer que lo acompañaba, cambiando el tono de su voz le dio un saludo de conquistador, ella contestó con un sonido irreconocible y dibujó en su rostro una sonrisa que se volvió carcajada, desnuda de toda vergüenza siguió riendo hasta la asfixia, trató de dirigirse a él pero cuanto más lo veía más se reía, el hombre empezó a sudar y sentirse realmente incomodo, cuando el ascensor se abrió salió disparado hasta su habitación.
      Dentro de la habitación, se miró buscando un motivo para desatar tal escena, razonó cualquier cantidad de planteamientos, hasta que debió haber dicho en el momento, y por que no, también como trasladar la anécdota a su novela, sin embargo al final del día, su gran aventura había sido sentirse ridículo y no saber reaccionar ante una  simple emoción humana, como siempre era mas fácil escribir sobre ellas que tratar de entenderlas.

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