Al caminar por las calles de Berlín
navegaba entre dos aguas, de lo emblemático pasaba al modernismo forzado, su
población obediente, su techo represivo, su tono monocromático, hacía que el
aire arremolinara en las esquinas los recuerdos del pasado.
En la isla de los museos estaba su
destino, iba a investigar todo lo posible sobre la ciudad de Amarna, estaba
escribiendo una novela y su protagonista, un escultor, después de haber vivido
bajo el monoteísmo de Akenatón, debía cambiar de religión y emplazamiento para
seguir a su nuevo Faraón Tutankamón.
Había leído sobre la etapa realista de
Egipto en el período de Amarna y las fotografías lo habían interesado, se disponía
a observar las obras para empaparse del ambiente y recrear a su personaje.
Se tardó casi una hora tomando notas,
cada una de las piezas expuestas dejaba entrever una historia, la última sala
era donde se exhibía el busto de Nefertiti, entró en la habitación semioscura y
quedó a merced de la dama; recorría con sus ojos el perfil que tantas veces
había tocado en libros, el artista mas que una Reina, lo que había hecho era
una Diosa imponente, de belleza fingida, ladrona del espíritu de su musa. En sus
labios se dibujaba un gesto cual Mona Lisa en un intento por sonreír sensual y
burlona a los que al verla serían sus esclavos, con la punta de la lengua
humedeció su boca dibujando un beso dirigido a la escultura, el cuello de ella
señalaba el camino a una travesía de caricias y perdición; pensaba que el autor
había dejado el busto en su taller no para tenerlo de modelo, si no para amar a
Nefertiti en el frío y el fuego de la piedra y el yeso.
Cuando escribía usaba el poder de las
palabras para arrastrar a los lectores a experimentar aventuras y sensaciones,
trataba de cambiar los prejuicios que tenían, arrancando el velo de acero que
cubría a la sociedad, los temas que elegía rescataban la historia y exponía la
complejidad humana ante la toma de decisiones.
Sin embargo, él, no era un ejemplo a
seguir, flirteaba con el narcisismo y a pesar de apoyar el movimiento de los
derechos de las mujeres, en el fondo las subestimaba. Según su criterio el
mundo estaba diseñado por hombres, tanto los deportes como los extractos de
poder eran una respuesta a la necesidad de reconocimiento y dominio del sexo
masculino, aunque la mujer triunfase, no se le permitía cambiar los
lineamientos a los que se veía sometida, suponía que si fueran hombres su lucha
no sería por igualarse si no por imponerse.
Mas tarde, lejos del casco central,
caminaba hacia su hotel, pensaba en su libro y el deseo de incluir la imagen de
Nefertiti en la trama, mientras cavilaba la forma de hacerlo, entró en el
ascensor, al marcar su piso reparó en la sofisticada y hermosa mujer que lo
acompañaba, cambiando el tono de su voz le dio un saludo de conquistador, ella
contestó con un sonido irreconocible y dibujó en su rostro una sonrisa que se
volvió carcajada, desnuda de toda vergüenza siguió riendo hasta la asfixia,
trató de dirigirse a él pero cuanto más lo veía más se reía, el hombre empezó a
sudar y sentirse realmente incomodo, cuando el ascensor se abrió salió
disparado hasta su habitación.
Dentro de la habitación, se miró buscando
un motivo para desatar tal escena, razonó cualquier cantidad de planteamientos,
hasta que debió haber dicho en el momento, y por que no, también como trasladar
la anécdota a su novela, sin embargo al final del día, su gran aventura había
sido sentirse ridículo y no saber reaccionar ante una simple emoción humana, como siempre era mas
fácil escribir sobre ellas que tratar de entenderlas.
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