Al finalizar la jornada de pesca, fue al
mercado y dejó el producto de su trabajo. Apenas empezaba a despuntar el día.
Con algunas monedas en el bolsillo,
después de la venta del pescado, se dirigió a su choza para alimentar su
cuerpo. Al entrar, como lo había hecho durante tantos años, colocaba el pago
sobre la mesa y se disponía a comer, sentado en su trono, se sabía rey y
esclavo a la vez, algún día eso cambiaría, pensaba. Todo en él brillaba, era un
hombre joven, ambicioso y en extremo hermoso, trabajaba sin descanso y se
refugiaba en sus sueños para seguir adelante.
Al abrirse la puerta su mujer entró en
la estancia, si él era hermoso, ella era perfecta, igual que él, se movió de
forma rutinaria, durante tantos años igual, ella también tenía sueños.
Como a diario, él abandonó la casa después
de descansar, en busca de su secreto, tomó su barca y se dirigió mar adentro. Mientras
soltaba el ancla recordó su tesoro, ocho perlas genuinas del color del frío, aún
no eran suficientes, quería mas, el mar lo llamaba a seguir buscando.
Zambullido en el agua se sentía libre,
sin presiones ni exigencias. El tiempo lo engañaba y corría más rápido, su
espacio de libertad se hacía mas reducido.
De la nada una columna de agua lo alzó hasta
las nubes y luego lo arrastró a la abismal profundidad, atrás quedaba su bote
anclado a las olas galopantes. Desesperado arañó el mar para llegar a la
superficie, ya sin aire y aferrándose a la vida sus labios se entre abrieron.
Con un roce constante que lo acariciaba y mecía, se entregaba al baile, estaba
rebosante de excitación ante la exigencia de su amante, le hablaba al oído con
tiernos murmullos y con besos despojados de todo pudor le rozaba sus muslos
llegando vibrante a su sexo, por fin cuando el clímax venía, una bocanada de
aire lo liberó del hechizo, tenía que nadar a la orilla, tenía que vivir.
Temprano en la mañana atisbaron el
cuerpo, arropado por la arena descansaba al fin, no había muerto ahogado, pero sucumbió
al placer, aún su cuerpo tibio no dejaba entrever que su espíritu lo había
encarcelado el mar.
El día del velorio ella con semblante abstraído
pensaba como el viento dejaba aroma de azahar encima del féretro, tantos años
esperando sentir alegría, construyendo sobre el vacío, nunca lo comprendió, decía
que no era el momento para tener hijos, se ausentaba cada día sin compartir sus
ansias, llegaba cansado y desolado, le dejó un cofre que aún no había abierto,
pero al final lo que realmente le dio fue una infinita soledad.
Vacía ya de argumentos, posó su cabeza
sobre la pared y al tiempo que lo hacía sintió una mirada penetrante, levantó
la vista y lo observó con desdén, se encaminó hacia otra estancia y allí dejó
que sus lágrimas lavaran su agonía.
A su espalda la puerta se cerró y le pasaron
la llave, antes de que sus parpados se levantaran unos labios urgidos
impregnaron de humedad su cuello, su mente se despertó del letargo de forma
abrupta, pero su cuerpo respondió al beso, luchando por dentro y queriéndose
levantar sus manos tocaron el cuerpo masculino acariciando el torso y atrayéndolo
hacia ella, él se sumergía en su pecho ahogado de deseo, ella sintiendo su
fuerza, movía con mas ímpetu la cadera, las gotas de sudor satinaron sus pieles
desnudas mientras reprimían las voces
del placer compartido.
Al atardecer fue el sepelio el murió
seducido por el mar y ella vivió seducida por el despecho, los dos
enterraron los sueños.
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