Vi Napoles y morí
Cuando el negociante recogió su lote de
mercancía quedó atrapado con la mirada hueca que le devolvía la máscara, una
larga nariz brillante y libidinosa que invitaba a esconder tras ella los bajos
pensamientos, la tomó con sus manos y por un momento disfrazó al sencillo
hombre convirtiéndolo en un erótico sátiro.
Dentro de la bolsa, la careta poco
envuelta se iba despidiendo de su cuna veneziana, dejaba atrás el baño perpetuo
de las aguas sobre los sueños y la fantasía pintoresca de su ciudad.
El arribo a Napoles llenó de júbilo a la
larga nariz, todos la tocaban y querían ponérsela pero seguía en la estantería,
el precio era muy alto para poseerla.
Una mañana entre la bruma del día entró
en la tienda un hombre que impuso su presencia, con gomina en el cabello,
corbata, zapatos impecables, caminaba elevando el pecho y mirando desde su
hombro, un matón que deseaba ser reconocido.
Se acercó a la máscara y pronto se identificó con su lujuria.
En la fecha de carnaval, el mafioso
utilizó su disfraz para salir de conquista y en la calle recibió dos tiros en
el pecho, muriendo desangrado, en la caída la máscara se desprendió de su cara
y la fina lluvia creó un río por donde navegó hasta pararse frente a un poste;
un niño la vio y se la colocó para jugar con sus compañeros, cuando en la calle
se escucharon los ecos de las madres llamando al almuerzo, la máscara fue
abandonada sobre un automóvil, el mismo paralelamente arrancó desplazándose por
las tortuosas calles atestadas de gente.
Desde su posición la máscara observaba
los viejos edificios que otrora habían provocado las mas reverenciadas
exclamaciones y hoy con una capa de hollín, las fachadas escarapeladas estaban
tan desvencijadas que parecían los fantasmas de un pasado que se negaba a
morir.
Cuando el automóvil frenó, la nariz salió
despedida aterrizando en una montaña de basura. Un anciano la rescató y se la
llevó a su casa, con un paño trató de devolverle el aspecto lustroso que había
perdido.
El señor la colocó encima del televisor y
sentado en su silla la miraba embelesado, tiempos aquellos cuando era joven, la
fálica imagen lo hacía sonreír.
Tres días después retiraron el cuerpo, se
había muerto con un gesto de picardía, los trabajadores sociales al no
encontrar herederos donaron sus pertenencias a distintas instituciones, la
máscara terminó en un pequeño teatro.
El día del estreno el personaje
enmascarado hacía las delicias de los presentes, la obra tenía garantizada la
temporada, pero debido al recorte económico las presentaciones se hicieron
esporádicas hasta quedar en el olvido, no mucho tiempo después la edificación
fue abandonada.
Un grupo de emigrantes buscando prendas para
cubrirse del frío, encontraron la máscara, opaca y algo roída ya no era fuente
de atención, fue usada para bromear y como si de una pelota se tratase, lanzada
al aire hasta aterrizar en el mar.
La humedad penetró en ella, tragándosela
con cada caricia que le daba y un día ya no hubo un nuevo día, vi Napoles y
morí.

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