El hijo cobijado con la frondosidad del
padre crecía protegido de los elementos, pero un día el inclemente viento lo
desprendió del suelo haciendo que su tronco flexible cayera y soltara sus
raíces de la tierra, con gran esfuerzo se levantó y al darse cuenta que podía
desplazarse inició su viaje por el mundo.
Iba conociendo su entorno y
comprendiéndolo, cambiándolo a veces, se acostaba en los ríos creando diques y
cuando se levantaba creando inundaciones, saltaba por los riscos liberando
piedras y aplanando montañas.
Un día vio un prado donde el sol no
parecía dormir y decidió quedarse en él hundiendo sus raíces profundamente,
alzó sus ramas hasta llegar al cielo dejando que la brisa lo abrazase en su
solitario destino.
El tiempo pasó y el hijo fue tan grande
como el padre y también como él su descendencia creció a sus pies, ahora era
fuerte y era rígido, ya no se movía y desde su altura observaba al pequeño y a
través de él soñaba y volvía a vivir su viaje de la infancia.

Me encantan tus árboles!
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