viernes, 30 de marzo de 2012

Catedral








        No tenía mucho tiempo de haber llegado, le habían avisado que la Catedral de Santiago emitía una energía penetrante y desconcertante, estando ahí la percibía en su piel y llegaba a su mente cambiando el ritmo de sus pensamientos.
         Se sentó lejos de la nave principal y observó su entorno, las piedras robaban los secretos de quienes las tocaban, con su color plomizo, convertían los espacios en oscuros laberintos, las paredes llegaban al infinito oprimiendo la luz y dejando sombras impresas en el aire, los pasos cantaban con el coro haciendo eco de la melancolía del tiempo, las tumbas ofrecían durmientes de mármol con rasgos humanos, del suelo una fuente de húmedo frío envolvía la atmósfera con aroma a incienso, alrededor las imágenes llenas de cirios en agonía, gritaban en silencio.
         Sabía que algún día iba a enfrentarse con su conciencia, pero nunca supuso que sería tan lejos de casa y en un lugar destinado al culto.
         Su trabajo la llevaba de un país a otro, cada viaje era diferente, su hogar en cambio, siempre mantenía la misma forma, las responsabilidades y su esposo la recibían con exigencias y en este momento sin ninguna gratificación; Estaba aburrida de las caricias que fingían una pasión ya extinta. Un día cualquiera conoció a alguien que despertó en ella un nuevo deseo, sin embargo se agotó la llama antes de iniciarse el fuego, mas tarde hubo otro, y así descubrió lo inestable de sus emociones, cuando comenzaba una aventura cada mañana despertaba deseando vivir el encuentro, hasta que la rutina la hacía  desear no haber participado del mismo.
         Hoy ahí sentada quería iniciar un camino distinto, necesitaba llenar sus vacíos. Se pensó a si misma vestida y arreglada con toda la plasticidad social, cada prenda hablaba de su sensualidad y elegancia, pero debajo escondía la ropa que contaba lo que realmente obtenía. Tocó su pierna para sentir la suavidad de la seda en sus dedos, las medias estaban sujetas por las cintas rosadas del corsé, sus generosos pechos estaban envueltos de encaje marfil y su cintura se ceñía con sugerente satín; Se veía semi desnuda con la piel expuesta a la desaprobación de los santos, su mano subió hasta su entrepierna y con el bolso tapó el movimiento que violentaba la moral del lugar, se sustrajo en su deseo y con una rítmica respiración se dejó abandonar por la lujuria.
         De repente alguien toco su hombro, al voltear se encontró con un hombre que la miraba curioso y preocupado.
       _ ¿Disculpe, se siente usted bien?
         Sus ojos vidriados se cerraron y al abrirlos unas delicadas lágrimas escaparon por las mejillas, sin mediar palabra solo se levantó y se encaminó a la puerta, no podía creer lo que había hecho.
         En la calle el hombre de la Catedral se le acercó.
       _ ¿Puedo ofrecerle mi ayuda?
         Lo miró nuevamente, aunque no llevaba el hábito completo, su cuello lo delataba.
       _Solo necesitaba aire fresco.
       _Conozco un buen lugar cerca, la invito a tomar algo caliente.
         Sin ni siquiera pensarlo siguió al hombre.
         Dentro del recinto pidieron sus bebidas e iniciaron la consabida charla del tiempo.
       _...Sí, esta época es lluviosa, la primavera trae calidez y viste de flores la ciudad, pero dígame, ¿Usted no es de aquí, verdad?,  ¿Está de visita?
        _Si, trabajo en un museo y me encargo de negociar las posibles exposiciones de nuestros artistas en otros países, acabo de llegar a un acuerdo para el verano… Es obvio cual es su trabajo, pero me parece que es muy atractivo y realmente no me es fácil separar al hombre de su misión.
         Esto último lo dijo de forma espontánea, y la repuesta se representó en una sonora carcajada.
         Tomando discretamente el monedero de su bolso, se levantó y se acercó al baño, sabía que muchos establecimientos tenían máquinas dispensadoras que ofrecían desde un preservativo hasta una toalla sanitaria, obtuvo lo que buscaba y cuando regresó a la mesa, había desaparecido el hombre con su bolso, corrió a la calle, pero estaba solitaria, una llovizna humedeció su rostro, las gotas que caían sobre su piel morena se evaporaban con la mezcla del absurdo y la resignación, irradiando un calor teñido de placer y vergüenza, mañana iniciaría el cambio, hoy ya era tarde…

2 comentarios:

  1. Realmente debía estar tan turbada para aceptar la invitación de un extraño?
    Me parece muy buena la descripción inicial del lugar.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. nunca hubo tal, solo un apoyo mal interpretado, lo mejor de estar en el aire, es que todo es posible, uno es quien lo decide

      Eliminar